EN LA FUENTE

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lunes, 1 de agosto de 2016

A MI MADRE



   
    Estos días están siendo muy tristes para mí, es momento de recogimiento y reflexión; de permitir que los recuerdos afloren pero no en un sentido doloroso sino sanador, terapéutico.  Este mes de agosto cumplen años  mis dos hermanas y mi madre. Ella ya no está entre nosotros pero su presencia permanece, permanecerá por mucho tiempo mientras que la recordemos. Por ello quiero traer aquí un poema que escribí hace algunos años, valgan estas palabras como homenaje a mi madre y como expresión de mis sentimientos hacia mis hermanas.

LAS TRES HERMANAS

Aquella radiante mañana de verano,
por fin apareció mi madre
tras la breve ausencia de unos días.
No parecía la misma que escasas fechas
había abandonado nuestra casa
con  la frente  surcada por minúsculos
ríos plateados
que a mi me parecieron
la senda brillante que el caracol
dibuja en  placida tersura de la piedra.

Recuerdo  que lloraba en voz bajita
pues sabía cuanto me turbaban
los llantos desmedidos
—aún estaba reciente la muerte de mi abuela—.
Vestía el traje nuevo, cosido  aquella primavera,
y la mano, crispada por algún  dolor secreto,
portaba una   maleta.
La otra, el brazo  de mi abuela aferraba
en el vano intento de infundirse un valor
tan necesario en   aquel trance
que yo intuía terrible y misterioso.
Al verla en aquel estado, desencajada,
pensé que una grandísima  desgracia ,
como una tempestad, se habría desatado
y que ella marchaba  a asumir
un  incierto destino
que la alejaba de nosotros para siempre.

Al poco, el viejo taxi,
oscuro mensajero de infortunios,
paró frente a mi casa.
Aquel pez negro y perverso
de afiladas aletas caudales
a mis padres engulló.. Escapó luego
expulsando tras su huida un humo oscuro,
pestilente,  como el que debía haber en el infierno
Las  horas que siguieron a su marcha,
no hubo argumento que calmara
la terrible desdicha que sentía
ante el aciago destino de mis padres.
Luego pensé, que tal vez aquello
fuese una prueba, como en los mitos,
que  habría de vencer para obtener el premio
que le estaba reservado a los valientes.


Mi madre, tras unos días,  regresó,
y para mi sorpresa,
el pez  negro y siniestro
la devolvió en  un estado tan perfecto,
que incluso había recuperado
su esbelta silueta.
Entre sus brazos acunaba un bulto extraño
que yo, enseguida,  identifiqué como el regalo
que en las fábulas se otorga
a aquellos que demuestran su valor o su osadía.

Entre abrazos y besos ella dijo:
“Aquí tienes a tu hermana”.
Mientras abría aquel cáliz blanco y rosa
del que asomó, como en el cuento,
una “Pulgarcilla” rolliza  y asustada
que lloraba ante el asombro de la luz .

    Entonces, contaba  yo  tan sólo cuatro años,
sentí clavada en lo más hondo 
 la  verde saeta de los celos:
era  la pobre princesa destronada.
Hoy, transcurridas más de cuatro décadas,
desde aquella mañana de verano
el tiempo me devuelve aquella imagen
envuelta  en  la dorada luz de los recuerdos.
Agradecer quiero  aquel obsequio,
y otro presente  que más tarde  mis padres me legaron.
Me  siento dichosa entre la dicha
de saberme la mayor de tres hermanas,
y aunque mis días muchos fueran, no bastarían

para  devolverles el amor con que honran

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