EN LA FUENTE

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miércoles, 8 de julio de 2015

TERRIBLES CASUALIDADES. EL DEPORTIVO

Hoy quiero plasmar en estas páginas un relato breve. A veces la vida te sorprende con algunas "casualidades" que resultan terribles, como en el cuento:
EL DEPORTIVO

Yolanda estaba sentada en un banco junto a la pista de patinaje. Mordisqueaba  una manzana. Sobre sus rodillas, un libro abierto al que no le prestaba atención. Su mirada se perdía en el espacio circundante, apenas se fijaba en  sus amigas  que  se deslizaban por el hielo dibujando arabescos y espirales. La chica contemplaba  los giros y piruetas de las compañeras  y contestaba  sus saludos con un tímido movimiento de cabeza.  En el banco contiguo un muchacho la observaba. Le atraía el aire ausente y desvalido  de la joven, su languidez y la gracia con la que se apartaba el pelo de la cara.  Se acercó a ella con la intención de invitarla a patinar. Cuando llegó a su lado, divisó,  apoyada en el lateral del banco,  una muleta. El descubrimiento abortó su invitación. Sin embargo fue un buen comienzo para una nueva amistad. Durante semanas se vieron, quedaron y salieron. Él la acompañaba hasta su casa, le llevaba los libros, le ofrecía su brazo como punto de apoyo  y le contaba chistes, y anécdotas, que a Yolanda le provocaban la risa  y le ayudaban a soportar mejor su desgracia.
            Con el paso del tiempo, ambos se enamoraron. A él le fascinaban sus silencios, la textura  suave del pelo de Yolanda y el olor  frutal de  su piel que atribuía a la alimentación de la muchacha. A ella, la solicitud con el que Germán la trataba, y sobre todo que la hiciese reír, que le espantase la melancolía que la  envenenaba como picadura de serpiente.
Ella nunca hablaba de su cojera, él no se  atrevía a preguntarle.
Una tarde, el paseo se prolongó más de lo habitual. Yolanda se sentía fatigada y se sentó en un banco del paseo marítimo que ambos recorrían con lentitud contemplando el vuelo de las aves y la ida y venida de las barcas de pesca. De pronto, tal como la niebla  se arroja sobre la costa, el llanto de la muchacha se desató. Era un llanto manso, como una lluvia calabobos.
—¿Por qué lloras? —le preguntó Germán.
—Es por la pierna ortopédica. La llevo desde hace poco tiempo y aún me provoca dolores en el muñón.
—¿Qué te pasó?
—Regresaba  una tarde de casa de una amiga. Al cruzar un paso de peatones un automóvil me arrolló. El canalla que lo conducía se dio a la fuga. Cuando me encontraron mi pierna estaba tan destrozada  que fue preciso amputarla —explicó Yolanda  entre sollozos.
Germán no dijo nada. La tomó delicadamente del brazo  y prosiguieron el paseo.  En la cara de la muchacha se reflejaba  el dolor que  a duras penas conseguía  disimular.
—Tengo el coche cerca. Si quieres te puedo acercar hasta  tu casa —sugirió el muchacho.
—Bueno —accedió ella.
Mientras que Germán pulsaba el mando a distancia para abrir el vehículo, la muchacha comentó:
—Lo único que recuerdo del momento del accidente fue un deportivo rojo huyendo a toda velocidad…

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire. Al levantar la cabeza y mirar al frente en dirección al automóvil cuyos seguros se desactivaban contempló un  vehículo color de fuego y  provisto de un alerón trasero cuyos intermitentes parpadeaban con un guiño amarillo y sucio.