EN LA FUENTE

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martes, 19 de mayo de 2015

UN VIAJE A LA INFANCIA: OTRA VEZ LA LUZ, PALOMAS.
Afirmaba yo en la primera entrada de este blog que la poesía posee la virtud de alterar nuestra realidad emocional conmoviéndola, pues bien un ejemplo de este poder lo encontramos en el libro de Jesús Cánovas, OTRA VEZ LA LUZ, PALOMAS.
                El poemario llegó a mis manos días atrás.  Un hermoso regalo que trituró el tedio de los días y aportó música a mi tiempo. El mismo autor tuvo la deferencia de regalármelo con una hermosa y sincera  dedicatoria. No en vano nos une una amistad cimentada en muchas vivencias compartidas pero sobre todo en el amor por los libros y por la poesía.
                El primer poema, que da título al libro, consiguió conectar con mi yo profundo de inmediato. La luz me inundó, esa luz mediterránea, a veces cruel en el  esplendor reverberante del estío, me atrapó.  Otra vez la luz, palomas,  es como un cuadro impresionista pleno de luces y de sombras.  Pero es la luz el vehículo con el que el autor nos conduce a un territorio amado. Decía Rilke que la única patria del hombre es su infancia y hasta  ella nos acercan los versos de Jesús Cánovas.  Este espacio psíquico es el que reivindica el autor como forma de redimirnos del tedio de vivir y para ello hay que romper el tiempo y regresar a las fuentes primigenias que nos nutren.
“Sabes que lo que fue, es: permanece”. Este verso constituye la clave que nos abre la puerta a la realidad transformada que nos ofrece el poeta. No es gratuito que aparezca en el poema inicial.  Las palabras, como una señal admonitoria, nos advierten de la esencia última del libro, del mensaje que ha de quedarse adherido, como un mantra salvador, a nuestra mente.
Acompañamos al autor (no temáis, no se trata de un descenso a los infiernos) sino un viaje  hacia nuestra casa psíquica.  Un viaje difícil, duro a veces, teñido de tristeza, de nostalgia, del sentido trágico de la vida (muy en la línea de Unamuno) pero también de esperanza.

“Tristeza son las cosas que lo ungen”. Así comienza el segundo poema,   EL NIÑO. Una reflexión profunda y acertada sobre la infancia, en la que lector se encuentra  reflejado en el mundo claro y feliz de la niñez pero  sobre el que planea la amenaza de la incertidumbre, que es el vivir.  Esta tristeza la encontramos presente en casi todos los poemas, en BARRIO, PLAZA, CASA MUERTA. Con ella viaja la nostalgia, el anhelo del Paraíso Perdido y también la congoja que es consustancial a una existencia lúcida cuyo sentido es circular: “ruedan los años sobre el tiempo”.
                El dolor sereno  se convierte en metáfora bellísima en el poema PLAZA.
“Y  yo que bajé al reino de la lluvia
allí donde las sendas as corazón no llegan,
húmedo y solo vago en mi tristeza.
No hay calles que me alejen del dolor
o destruyan en mí esta congoja”.
Conforme nos adentramos en el poemario van creciendo la soledad y la tristeza, como en una sinfonía, pues constituyen el armazón emocional de los poemas y los dotan de unidad interna a la vez que de belleza, una belleza serena que emociona profundamente al lector, que lo atrapa, que lo conecta con su yo interno y lo conduce a añorar ese mundo inocente que habitábamos simbolizado por la luz y por las palomas; las aves que siempre regresan al lugar en el que nacieron.
                La tríada hermenéutica (símbolo, metáfora y alegoría) que sustentan, como debe ser en la buena poesía, todos los poemas, afloran con la máxima intensidad en  CASA MUERTA.  Los versos te prenden con su atmósfera desolada. Avanzas junto con el  autor por las ruinas de una casa, tal vez la vivienda familiar. El símbolo es poderoso y su cualidad evocativa  prende en el lector y lo emociona. También él vaga entre cascotes, maderas carcomidas habitaciones derruidas que una vez albergaron la vida en toda su pujanza. El final  resulta estremecedor: “¿Qué queda de la infancia?” La pregunta  flota en el aire como el polvo en la casa muerta. Ahí entre las ruinas permanecemos preguntándonos, como el autor,  lo que queda de nosotros mismos.
                Con el corazón encogido nos adentramos en otro poema: ENTRE LAS TORRES Y LAS NUBES.  Un matiz nuevo aparece: el anhelo de libertad. Volamos hacia lo más alto mientras aun nos quede tiempo:
“Se me acaba la vida poco a poco
Noto como se escapa
Por las ventanas de mi aliento.”
El viaje está próximo a acabar. El último poema, LUMINOSOS Y AZULES, de profundos ecos machadianos nos conduce al principio. Vivir tal vez sea recorrer un camino circular pues el círculo es el símbolo de la perfección. En él asoma otra vez el mundo amable, luminoso   y dorado  donde    el tiempo    era lento, eterno casi ante la esperanza de una prometedora vida futura.
 La puerta ha de cerrarse, pero antes de ello,   Jesús Cánovas    nos    ofrece    una esperanza, la única que convierte en habitable el mundo, la única que conjura el cinismo que la vida adhiere a nuestra piel como una lepra.
“Semejaba la viva eternidad
Del amor la presencia.”

No es mi intención halagar los oídos de autor  con falsa adulación. Sí,  dejar patente la calidad literaria del libro, su unidad temática, la estructura que sustenta el contenido y la ruptura del Tiempo. En los poemas nada sobra.  Es la contención el tono que predomina. La emoción existe pero de una forma serena con lo que  consigue su propósito: calar hasta lo más profundo de nosotros.   El  sustento simbólico del poemario es poderoso  y las metáforas están bien construidas, son potentes y evocadoras. Estamos ante un magnífico libro, un hallazgo de los que se encuentran pocos en los tiempos actuales. Juzgue el lector la conveniencia de emprender el gratísimo  viaje a la infancia a través de OTRA VEZ LA LUZ, PALOMAS.

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