EN LA FUENTE

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lunes, 11 de mayo de 2015

SOBRE GATOS
Corren malos tiempos para los gatos que viven en las calles de Cartagena. Un bando de la alcaldía los condena a muerte. La ciudad, como todas las urbes portuarias, es proclive a recibir la visita de las ratas y los gatos cumplen una función exterminadora de primer orden.  Cosa que nuestros munícipes parecen ignorar.
                Es hermoso ver a los mininos acicalarse al sol sobre las ruinas de las termas y otros edificios de época romana poniendo con sus elegantes presencias un matiz de vida en las viejas piedras. Por supuesto que los animales deben estar debidamente cuidados y  su población controlada  y esto es función de las autoridades municipales, tal como ocurre en otras ciudades europeas,  como en Roma.

Lejos de mi intención usar este blog para realizar manifestaciones de signo político pues no es mi objetivo,  pero sí  me gustaría que estas palabras sirviesen para despertar conciencias. Por ello quiero contar en un poema mi primera experiencia con estos animales tan secularmente maltratados. Mi primer amigo no fue otro ser humano, fue una gata, mi gata Misina. Como recuerdo de esta antigua amistad, del amor que el animal me ofreció, valgan estas  palabras.
MISINA
Cuando tenía cuatro años
era la vida un lugar amable
aún no contaminado
por   el presagio funesto
de la muerte.
Había en aquel patio de la casa
en que nací, de mis abuelos,
gatos de  pelambres de todos los colores.
Entre ellos, uno me adoptó.
Ya se sabe que son los gatos
quienes escogen a sus dueños
para siempre.
Era Misina un felino vulgar,
de piel moteada en blanco y negro.
Eran sus ojos dos estrellas
coloreadas con el verde
profundo y misterioso de  las algas,
que a decir de mi abuelo,
esculpidas en jade semejaban.

En las tardes invernales
en que el levante había bordado
su  tapiz plomizo sobre el cielo
la gata dormía en mis rodillas,
jugaba con la lana derramada
de las manos afanosas de mi abuela
o con un bramante que yo mecía
ante la húmeda fresa de su hocico.

Como a una hermana, amé a aquel animal
—aún yo era la única, la niña solitaria—.

Una mañana de febrero
cuando el sol batía gaviotas
y el aire olía a trébol y a amapola,
mi madre me  llevó  hasta  la playa.
Allí sobre la  arena, blanca de sal y de relente,
al pie de un viejo barco
olvidado del mar y de los hombres
la gata me llamaba
con débiles  maullidos lastimeros.
Recuerdo con dolor,
el amado tacto de peluche
adquiriendo la frialdad del agua.
Permanecí junto a mi amiga,
velé, entre caricias, su agonía.
hasta que el cielo de febrero
colocó todo su azul
en   la  geografía vidriosa
de sus pupilas  asombradas
y en las mías todo el espanto
de  haber visto, por vez primera,
tan cercana, la  cara de la Muerte.


De La Cara Oculta de la Luna. Inédito



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