EN LA FUENTE

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martes, 28 de abril de 2015

COMO LEER POESÍA

COMO LEER POESÍA
¿Cómo leer poesía?  Curiosa y difícil pregunta, al menos para mí, por lo volátil de la respuesta.  Evidentemente puede haber tantas maneras de acercarse a un poema como lectores. Pero yo quiero contaros en esta breve reflexión mi experiencia como lectora de poemas.
El lenguaje poético posee una serie de características intrínsecas que convierten el acto de leer en una aventura. Estas son:
·         La poesía va en contra de la lógica racional, por tanto este tipo de pensamiento no vale  para leerla.
·         La estructura de versificación provoca que la frase se rompa, con lo cual la comprensión del mensaje subyacente se complica.
·         La utilización de las figuras retóricas provocan que el significado del poema esté oculto, es preciso encontrar las claves para desentrañarlo.
·         Está rodeada por un halo de prejuicios: es aburrida, difícil….
·         Requiere un tiempo y un esfuerzo, casi innecesario para la prosa.
Podría decir con atención, con sentimiento, con el corazón, reflexionando. Todos estos argumentos son ciertos pero a la vez tópicos que se pueden encontrar en cualquier manual. Yo no leo poesía así, tal vez las primeras veces que me acerqué a un poema lo hiciese, pero ahora ya no. 
Como soy una lectora empedernida de poesía y reivindico su lectura,  me voy a atrever a ofreceros una premisa que a mí me funciona:
La poesía se lee....
“COMO SE BEBE UN BUEN VINO O SE ACARICIA A UN AMANTE”
Con deleite, con fruición, poniendo todos los sentidos.
Esta es la forma de penetrar en la auténtica dimensión de la poesía y en su poderoso influjo.
La poesía es el goce de los sentidos, la música del sentimiento que es capaz de alterar nuestra realidad emocional conmoviéndola a la vez que nos franquea la entrada a otra realidad, que el autor ha transformado, cuyas claves hemos de descubrir para aprehenderla.
            Un claro ejemplo de esta transformación podemos encontrarlo en el poema de Pablo Neruda, Oda al limón.

                                 


Oda al limón. Pablo Neruda
En el limón cortaron
los cuchillos
una pequeña
catedral,
el ábside escondido
abrió a la luz los ácidos vitrales
y en gotas
resbalaron los topacios,
los altares,
la fresca arquitectura.
Así, cuando tu mano
empuña el hemisferio
del cortado
limón sobre tu plato,
un universo de oro
derramaste,
una
copa amarilla
con milagros,
uno de los pezones olorosos
del pecho de la tierra,
el rayo de la luz que se hizo fruta,
el fuego diminuto de un planeta.









Cuando leo un poema sigo el siguiente proceso:


a)    Fase sensorial:  Permito que la música de la palabra me atrape mientras inunda hasta la última fibra de mi mente.
 Aquí juegan un papel muy importante los recursos estilísticos utilizados por el autor: las figuras literarias: imágenes, comparaciones, sinestesias, las metáforas. No es necesario buscarlas, si el poema es bueno, todos los recursos que el autor ha utilizado contribuirán a que el poema nos inunde como una música, un sabor, un color.
En esta fase adquiere mucha importancia el sonido de las palabras, su cadencia, su ritmo, la rima, la música interna del poema, que en primera instancia nos puede atrapar, seducir, a pesar de que aun no hayamos encontrado el mensaje, el sentido. Por esta razón,  la   primera lectura de un poema, al menos, ha de hacerse en voz alta.
El título me ayuda, a veces, a la comprensión del contenido ya que puede facilitarme una primera pista.
Una vez que he  concluido este primer acercamiento, me detengo a reflexionar  sobre la impresión que me ha causado

b)   Fase  conceptual. En una segunda lectura trato de que el mensaje contenido en el poema conecte con mi yo profundo e interior, con mi parte más primigenia, más auténtica. En este momento es cuando se  realiza el esfuerzo de decodificación. Lo comparo a un paseo por un bosque intrincado en el que solo el canto de los pájaros me acompaña. Llegado a este punto, he de aclarar que entiendo  por el “yo profundo”.  Es la esencia íntima y última, nuestra individualidad (algunos lo denominan espíritu). Es el lugar donde residen  nuestras experiencias, nuestras vivencias. Es nuestra casa espiritual. Es ese lugar único y cambiante al que debemos volver siempre porque ese espacio psíquico somos nosotros mismos.
Para que esa conexión entre el poema y nuestro yo profundo se produzca, debemos eliminar todo el ruido que pueda estorbar el proceso, es decir, las preocupaciones, los  pensamientos negativos e invasivos. Debemos apartarlos, liberarnos de ellos para que el mensaje fluya y conecte con nosotros.
En esta fase que podríamos denominar de  decodificación o de deconstrucción, utilizando un símil culinario muy de moda últimamente,  es cuando debemos esforzarnos en encontrar  los pequeños tesoros que contiene el poema y que han contribuido a  la elaboración de esa realidad nueva que el poeta  ha creado. Estos están formados por  las imágenes, las metáforas, los símbolos, los campos semánticos y otros recursos literarios.
Las figuras retóricas son importantes,  no son meros adornos, son recursos expresivos que el poeta utiliza para resaltar la  capacidad de sugerencia del lenguaje  y conectar con ese yo profundo del lector a la vez que le ofrece pistas sobre el tema último del poema.
Entre todos estos recursos,  yo destacaría el que, a mi juicio, es el más importante: el símbolo. El símbolo es el  eje  que sustenta la poesía. Me atrevería a afirmar que sin él no puede existir un poema, un buen poema pues permite la trascendencia de la palabra; es la llave que abre la puerta a la realidad que se encuentra escondida en otra dimensión, tras el espejo.  A partir del siglo XIX, su  presencia es valorada en la poesía.  Es una aportación de los llamados poetas simbolistas franceses: Baudelaire, Verlaine y Mallarmé que recogieron nuestros escritores de la generación del 98, y especialmente la del 27  y que han conseguido transmitir hasta la actualidad.
El  símbolo, la metáfora y la alegoría  constituyen  una especie de trípode hermenéutico sobre el que se construye el poema  y puede nacer de cualquier asociación, bien sea lógica, histórica, emocional o de más de una de ellas.
La diferencia entre ambos es, a menudo, muy sutil.  Se suele afirmar que el  símbolo literario es un tipo de metáfora en la que lo representado es  abstracto y el representante es concreto. La metáfora, en griego significa transporte, nos  conduce a otra realidad. La alegoría es una metáfora continuada, es decir desarrollada.
Claros ejemplos nos los encontramos en la poesía machadiana donde la tarde es el símbolo de la tristeza y la muerte. Lorca, cuando utiliza la imagen del caballo con su jinete también alude a la muerte, aunque otras veces se refiere a la virilidad masculina.
A modo de reflexión final, me atrevo a afirmar que leo poesía porque me permite trascender mi propia realidad y acercarme a otra más sugestiva y enriquecedora que puede aprehender e incorporar.


Ana María Alcaraz Roca.



Resumen del taller impartido el 18 de febrero de 2015 en el Cuartel de Artillería de Murcia como parte de un ciclo organizado por el  Colectivo Kairós.

1 comentario:

  1. La poesía se lee....
    “COMO SE BEBE UN BUEN VINO O SE ACARICIA A UN AMANTE”
    Con deleite, con fruición, poniendo todos los sentidos.

    Me encanta la comparación, muy sugestiva.

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